Veo el pánico en la cara de mucha gente. Gente con años de experiencia que de repente ve a una pantalla escribir en diez segundos un informe que a ellos les lleva una mañana entera. Sienten el aliento en la nuca. Escuchan el tic-tac. "Hasta acá llegamos", piensan. "Me van a reemplazar por un algoritmo que ni siquiera toma café". Relajate. Esta película ya la vimos. La vimos en 1784, la vimos en 1913 y la vimos en los 90. Y adiviná qué: seguimos acá. Viajemos un segundo a la Inglaterra de principios del siglo XIX. Los artesanos textiles, tipos que llevaban toda la vida tejiendo a mano, de repente vieron aparecer unos armatostes enormes de metal y madera: los telares mecánicos. El miedo fue absoluto. Estaban convencidos de que era el fin del trabajo humano. Tanto miedo tenían, que se organizaron en secreto, se hicieron llamar "Luditas", y salieron de noche a romper las máquinas a martillazos. Juraban que el telar iba a destruir la economía. Pero la historia,...
Te voy a decir una verdad que el mercado laboral tradicional no quiere que sepas: a nadie le importa el título que sacaste hace treinta años. Veo a diario a profesionales de 50 o 60 años, tipos que se comieron mil crisis, que apagaron incendios que nadie más sabía apagar y que mantuvieron empresas a flote, achicarse frente a un pibe de 20 años porque el chico tiene un certificado de tres meses en "Prompt Engineering" o en programación. Sienten que el tren de la tecnología los dejó atrás. Eso es un error de cálculo garrafal y un complejo de inferioridad que te está costando plata. El mercado real no paga por cartones con sellos ni por promedios universitarios. El mercado paga por soluciones. Y vos tenés un doctorado en la calle y en el barro de la vida real que no se consigue en ningún bootcamp de internet. La trampa de volver a la casilla de salida El desvío más peligroso que podés tomar cuando querés reinventarte es creer que tenés que volver a ser alumno a tiempo completo...