Durante casi toda la historia económica, trabajar significó hacer. Arar, tejer, ensamblar, cargar. El valor de una persona en el mercado laboral se medía en gran parte por lo que su cuerpo —o sus manos— podían producir en una jornada. Pensar existía, claro, pero era un lujo reservado a pocos: el resto se ganaba el pan moviendo materia. La tecnología llevaba dos siglos automatizando el hacer. La máquina de vapor, la línea de ensamblaje, la computadora personal: cada salto tecnológico le sacó trabajo manual a las personas y se lo dio a un sistema que lo hacía más rápido, más barato, sin cansancio. El resultado fue previsible —y saludable—: el trabajo humano se corrió hacia arriba, hacia tareas que exigían algo más que fuerza. Coordinar, decidir, planificar. La automatización del hacer no destruyó trabajo, lo empujó hacia el pensar. Ese corrimiento tenía un límite tácito: la máquina hacía, la persona pensaba. Fue un pacto cómodo mientras duró. Pero la inteligencia artificial rompió ese...
Pasa todo el tiempo. Te sentás frente a la pantalla decidido a usar la inteligencia artificial para ahorrar tiempo. Escribís lo que necesitás, le das a "Enter" y la máquina te devuelve una respuesta genérica, robótica o que no tiene absolutamente nada que ver con lo que le pediste. Intentás de nuevo. Le cambiás un par de palabras. El resultado es igual de inútil. A los cinco minutos, la frustración te gana, cerrás la pestaña y pensás: "Esto no sirve para mi rubro, termino más rápido si lo hago yo mismo". Las cosas como son: la herramienta sí sirve. El problema es que estás chocando contra la pared de la literalidad. La IA no tiene tu sentido común. Si le das una instrucción ambigua, va a adivinar, y generalmente adivina mal. Acá tenés la hoja de ruta directa para destrabarte cuando la máquina no te entiende. 1. Reseteá el contexto —borrón y cuenta nueva El error más común cuando la IA empieza a responder mal es intentar corregirla sobre el mismo error una y otra vez...