Muchos se creen que con abrir ChatGPT ya está, que la máquina les va a armar el negocio, resolverles la vida y, de paso, cebarles los mates. Grave error. Hay una fantasía peligrosa dando vueltas: la idea de que la Inteligencia Artificial vino para pensar por nosotros. Los que venimos de lidiar con sistemas, código e implementaciones desde hace años sabemos una verdad inquebrantable: la tecnología más avanzada del mundo es un adorno muy caro si no hay una cabeza lógica del otro lado dirigiendo la orquesta. Si le pedís a una IA que tome las decisiones, que te arme la estrategia sin cuestionarla o que escriba sin ponerle tu impronta, dejás de ser el dueño de tu proyecto. Te convertís en el cadete de un algoritmo. El peligro del piloto automático Ahí afuera está lleno de gente apretando un botón y copiando y pegando lo primero que sale. El resultado es mediocridad a escala industrial. Textos sin alma, códigos que nadie entiende cómo funcionan y decisiones de negocios basadas en promedios ...
El miedo existe. Y es razonable. La inteligencia artificial ya escribe informes, programa sistemas, detecta patrones invisibles para nosotros y procesa en segundos lo que a un equipo le llevaría días. En muchas tareas técnicas, es mejor que la mayoría de las personas. Pero hay una confusión de base. La IA no “entiende”. Predice. No comprende el mundo: calcula probabilidades sobre enormes volúmenes de datos. Y acá está el punto incómodo: No te va a reemplazar la IA. Te va a reemplazar alguien que sepa usarla para potenciar lo que te hace humano. El problema no es la tecnología. Es quedarte haciendo lo mismo mientras todo alrededor cambia. En los años 80, el investigador de robótica Hans Moravec formuló una idea que hoy es más actual que nunca: la Paradoja de Moravec . La paradoja dice algo contraintuitivo: Lo que para nosotros es difícil (cálculos complejos, análisis estadístico masivo, procesamiento de datos), para una máquina es trivial. Lo que para un niño de 5 años...