Todavía me acuerdo de mi primera calculadora. Fue en 1976. Era un aparato tosco que apenas sumaba, restaba, multiplicaba y dividía, pero para la época era ciencia ficción pura. Sin embargo, el mundo no estaba listo. Varios años después, allá por 1982 o 1983, todavía tenía profesores en el colegio que nos prohibían terminantemente usar la calculadora en las pruebas. El miedo era palpable y el argumento era siempre el mismo: "Si usan la maquinita, se van a olvidar de cómo pensar. La cabeza se les va a atrofiar" . Casi 50 años después de usar calculadoras todos los días de mi vida, te cuento un secreto: sigo siendo perfectamente capaz de resolver mentalmente cuentas bastante complejas. Mi cerebro no se pudrió. La matemática no desapareció. Y los matemáticos no se quedaron sin trabajo. Hoy, cuando veo el pánico que genera la Inteligencia Artificial entre los profesionales de nuestra generación, no puedo evitar acordarme de esos profesores del 83. El síndrome del "profesor as...
Seamos sinceros: ves a un pibe de 20 años resolviendo en cinco minutos con Inteligencia Artificial lo que a vos te llevaba dos días de trabajo, y se te cruza un pensamiento frío por la espalda. "Me voy a quedar afuera. Soy un dinosaurio" . Esa sensación de sentirte un analfabeto funcional frente a una pantalla negra que escupe respuestas perfectas es paralizante. Pero hoy vengo a decirte algo que, como alguien que se pasa las mañanas lidiando con código, servidores y bases de datos, te puedo asegurar: la máquina es brillante, pero no tiene calle. Dejame contarte el caso de Mario. Mario tiene 55 años, es un profesional de primera y maneja una cartera de clientes desde hace décadas. Hace poco, descubrió ChatGPT. Fascinado por la velocidad, le pidió a la IA que le redactara una propuesta comercial para renegociar honorarios con su cliente más antiguo y difícil. En diez segundos, la máquina le entregó un texto impecable. Vocabulario técnico perfecto, estructura lógica, argumentos...