Durante siglos, no saber leer fue la frontera. Después fue no saber usar una computadora. Cada generación tuvo su propia forma de quedar afuera, y cada una parecía, en su momento, la última. Hoy hay una nueva, y es más incómoda que las anteriores porque no tiene que ver con el acceso. El nuevo analfabetismo no es no saber leer. Tampoco es no saber prender una computadora o mandar un mail. Es tener acceso a una inteligencia extraordinaria —disponible, barata, a un click— y no saber aprovecharla. Es abrir ChatGPT o Claude, escribir "hacé un resumen" y cerrar la pestaña sin haber entendido que ahí había mucho más que eso. La frontera se movió, pero seguimos mirando el lugar viejo Los analfabetismos anteriores eran de acceso. No sabías leer porque no habías ido a la escuela. No sabías usar una computadora porque no había una en tu casa. El problema estaba afuera de la persona: era estructural, y se resolvía con más escuelas, más máquinas, más cables. Este es distinto. La her...
Durante casi toda la historia económica, trabajar significó hacer. Arar, tejer, ensamblar, cargar. El valor de una persona en el mercado laboral se medía en gran parte por lo que su cuerpo —o sus manos— podían producir en una jornada. Pensar existía, claro, pero era un lujo reservado a pocos: el resto se ganaba el pan moviendo materia. La tecnología llevaba dos siglos automatizando el hacer. La máquina de vapor, la línea de ensamblaje, la computadora personal: cada salto tecnológico le sacó trabajo manual a las personas y se lo dio a un sistema que lo hacía más rápido, más barato, sin cansancio. El resultado fue previsible —y saludable—: el trabajo humano se corrió hacia arriba, hacia tareas que exigían algo más que fuerza. Coordinar, decidir, planificar. La automatización del hacer no destruyó trabajo, lo empujó hacia el pensar. Ese corrimiento tenía un límite tácito: la máquina hacía, la persona pensaba. Fue un pacto cómodo mientras duró. Pero la inteligencia artificial rompió ese...