La inteligencia artificial ya escribe informes, programa sistemas, detecta patrones invisibles para nosotros y procesa en segundos lo que a un equipo le llevaría días. En muchas tareas técnicas, es mejor que la mayoría de las personas.
Pero hay una confusión de base.
Y acá está el punto incómodo:
No te va a reemplazar la IA.Te va a reemplazar alguien que sepa usarla para potenciar lo que te hace humano.
El problema no es la tecnología. Es quedarte haciendo lo mismo mientras todo alrededor cambia.
En los años 80, el investigador de robótica Hans Moravec formuló una idea que hoy es más actual que nunca: la Paradoja de Moravec.
La paradoja dice algo contraintuitivo:
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Lo que para nosotros es difícil (cálculos complejos, análisis estadístico masivo, procesamiento de datos), para una máquina es trivial.
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Lo que para un niño de 5 años es fácil (caminar por una habitación desordenada, detectar si alguien está incómodo, interpretar un gesto ambiguo), para una máquina es extremadamente complejo.
Durante décadas creímos que la inteligencia era jugar al ajedrez o resolver ecuaciones diferenciales. Hoy sabemos que eso es la parte “barata” de la cognición.
Lo verdaderamente costoso de programar es el sentido común, la percepción social, la lectura contextual.
Traducción económica:
El mercado empieza a valorar más las habilidades que son caras de automatizar.
Y esas, nos guste o no, siguen siendo profundamente humanas.
Hay zonas donde la IA asiste, pero no reemplaza. No todavía. Y posiblemente no del todo.
En una auditoría pública, en una decisión de inversión o en la aprobación de un proyecto, la responsabilidad es personal. La IA puede sugerir escenarios. Pero la firma es humana.
La diferencia no es técnica. Es moral y jurídica.
La IA se entrena con datos del pasado. Funciona bien cuando el futuro se parece a lo que ya ocurrió.
Pero ¿qué pasa cuando aparece algo verdaderamente nuevo?
En esos casos, los modelos “alucinan”, extrapolan mal o simplemente fallan.
El ser humano, en cambio, usa heurísticas, experiencia acumulada, intuición contextual. No porque sea mágico, sino porque integra señales débiles que no siempre están en los datos estructurados.
La diferencia no es velocidad. Es criterio.
No se trata de “ser buena persona”.
Se trata de entender las dinámicas invisibles.
En soporte técnico, por ejemplo, no es solo resolver el problema informático. Es detectar que el usuario está bajo presión, que hay una fecha límite, que el conflicto no es técnico sino organizacional.
En una negociación, no gana el que tiene más datos. Gana el que entiende intereses, miedos y límites.
Esa lectura social profunda sigue siendo un terreno donde la automatización tropieza.
La pregunta no es si usar IA o no.
La pregunta es cómo integrarla sin diluir lo que te diferencia.
El trabajo que sobrevive no es el del operador mecánico. Es el del curador.
El que:
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Formula mejores preguntas.
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Evalúa resultados.
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Detecta sesgos.
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Integra contexto.
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Da sentido.
“Dejá que la máquina haga el trabajo de cálculo; vos reservate el trabajo de pensar, cuestionar y dar sentido”.
Eso no es romanticismo. Es estrategia profesional.
Imaginá esto:
Mañana un algoritmo hace el 80% de tu trabajo administrativo. Informes, resúmenes, carga de datos, validaciones básicas.
La pregunta incómoda es esta:
Si tu tarea repetitiva desaparece, ¿qué parte de tu aporte seguiría siendo irreemplazable?
Ahí está tu ventaja competitiva real.

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