Todavía me acuerdo de mi primera calculadora. Fue en 1976. Era un aparato tosco que apenas sumaba, restaba, multiplicaba y dividía, pero para la época era ciencia ficción pura. Sin embargo, el mundo no estaba listo. Varios años después, allá por 1982 o 1983, todavía tenía profesores en el colegio que nos prohibían terminantemente usar la calculadora en las pruebas. El miedo era palpable y el argumento era siempre el mismo: "Si usan la maquinita, se van a olvidar de cómo pensar. La cabeza se les va a atrofiar" . Casi 50 años después de usar calculadoras todos los días de mi vida, te cuento un secreto: sigo siendo perfectamente capaz de resolver mentalmente cuentas bastante complejas. Mi cerebro no se pudrió. La matemática no desapareció. Y los matemáticos no se quedaron sin trabajo. Hoy, cuando veo el pánico que genera la Inteligencia Artificial entre los profesionales de nuestra generación, no puedo evitar acordarme de esos profesores del 83. El síndrome del "profesor as...